La suave lluvia camina,con pasos de claqué,
por las oscuras calles,
hasta que ya no se ve.
Los tejados son testigos,
mudos del anochecer,
entre silencios negros,
a punto de perecer.
Se encienden las farolas,
cansadas de iluminar,
los apartados rincones,
que nos llevan hacia el mar.
La playa desaparece,
se ha ocultado ya,
cubierta de blanca espuma,
como lecho conyugal.
Se para la vida, sin querer,
en la estación del ayer,
entre vagones muertos,
de flagelada niñez.
Revoltoso acaricia el viento,
la puerta de los deseos,
llamando sin respuesta,
a las estrellas del tiempo.
La lluvia bailando camina,
con pasos de claqué,
dejando lágrimas humedas,
sonriendo al amanecer.
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